jueves, 22 de mayo de 2008
viernes, 9 de mayo de 2008

Una de esas tardes, que aunque hace Sol, para ti está nublado. Esos días en los que todos te da igual porque ya estas de vuelta de todo. El cansancio te atrapa, no sólo físico, es más bien mental. Lo único que se te ocurre es irte hasta la estación y coger un autobús a casa. Tu padre te preparará una rica lasaña para cenar y tu madre se sentará a hablar horas contigo en el sofá.
Lo dicho, estás en la estación y consigues el último billete. Aún quedan diez minutos para que salga, pero prefieres montarte ya. Abres un libro y te pones los cascos, así pasarán las siguientes tres horas. Por fin divisas la Catedral, sí ya estás en casa. Al bajar las escaleras del autobús te das cuenta de que tus padres están trabajando, y que con las prisas no has avisado a nadie de que venías.
Recoges la maleta cabizbaja, no tienes que buscar a nadie entre la multitud. Te abres paso entre el resto de viajeros hacia la puerta y de fondo oyes a gente buscarse a gritos pero no prestas atención. Uno de esos gritos se te acerca hasta que consigue agarrarte de la cintura. Te giras y ves su cara sonriente.
Ahora lo recuerdas, antes de salir de casa hablaste con él por Internet, él era el único que sabía que venías y es el único que está contigo. Es el único que esta en la estación, en al ciudad, en el país. El resto de viajeros ha desaparecido, la estación está en silencio durante un instante hasta que reaccionas. Devuelves la sonrisa y aprovecha para darte un beso que devuelve el ruido a la estación.
Pero para entonces ya has salido de ella, porque has entrado en tu propio mundo.
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